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Plantaciones de soya y tala ilegal acaban con bosques cruceños

23 de Agosto de 2009, 08:11

El propietario holandés de una empresa maderera en el país sudamericano ve cómo cada vez van desapareciendo más árboles.


Con los crujidos del árbol al ser derribado es como si el árbol quisiera emitir su último suspiro. “¡Que lástima!”, piensa uno al ver caer la magnífica mole. El árbol derribado es originario de Bolivia, país que, gracias a su ubicación, todavía sigue teniendo una gran superficie forestal.


En razón de la riqueza maderera del país andino, el fabricante holandés de parquet INPA se trasladó a Bolivia, donde adquirió un terreno forestal de 300 kilómetros cuadrados y construyó una fábrica en la localidad de Concepción, no lejos de su propio bosque, de la zona tropical oriental de Bolivia.


CULTIVO JOVEN


El fabricante utiliza el bosque de manera sostenible. El territorio está dividido en bloques, en cada uno de los cuales sólo se procede a la tala una vez cada 25 años. Esa tala no es total, ya que sólo se derriban los ejemplares grandes que dejan lugar a los más pequeños. Estos ejemplares pequeños no han sido plantados, sino que crecen a partir de las semillas que otros árboles dejan caer. De esa manera el bosque se regenera.


Si bien se trata de un buen sistema, requiere una enorme superficie de suelo forestal. La empresa holandesa no tiene suficiente con su bosque, por lo que adquiere más del doble de madera adicional de los bosques que están bajo custodia de las tribus indígenas. De ahí que trabaje conjuntamente con la comunidad de Santa Mónica, integrada por 200 personas, quienes no tienen maquinaria propia y se ven obligados a vender sus árboles, que también son cultivados de forma sostenible. INPA lleva sus máquinas al bosque para talar los árboles y llevarlos a la fábrica.


JEFE DE LA TRIBU


Sin embargo, las comunidades indígenas no lo consideran una situación ideal. Pese a que se manifiesta satisfecho con la colaboración de los holandeses porque se atienen a sus compromisos y pagan con puntualidad. El jefe de la tribu preferiría tener su propia serrería en el pueblo. De ese modo, podría vender la madera al mercado a precios más asequibles.


El líder originario no tiene intención de talar los bosques para sustituirlos por cultivos más lucrativos como la soja, ya que su pueblo ha vivido tradicionalmente del bosque y complementa sus actividades sólo con algo de agricultura y ganadería.


Pero hay quienes sí piensan en la soja.


Paul Roosenboom, quien junto con su ex propietario de INPA, trabaja más de 20 años en Sudamérica, ha visto desaparecer mucho bosque. El industrial instaló su primera fábrica en Paraguay, pero en ese país han desaparecido ya tantos bosques que cada vez se hace más difícil encontrar materias primas. Por eso compró hace 10 años el bosque de Bolivia, donde ya está instalada una fábrica.


BULLDOZERS


Roosenboom no cree en la supervivencia del bosque boliviano. En torno a su empresa constata no sólo la desaparición de árboles por la tala ilegal, sino también por la llegada de los cultivadores de soja, a quienes no les interesa la madera. Todo lo contrario. No les importaría derribar los árboles con bulldozers, porque así extraerían también las raíces del suelo. “Y lo que queda, lo queman,” explica Roosenboom.


Para las comunidades indígenas, la llegada de los cultivadores de soja no supone una buena noticia. En Brasil sólo han ofrecido una breve prosperidad, y al cabo de un corto tiempo siguieron su camino hacia otros lugares, dejando atrás suelos empobrecidos. Después, las comunidades indígenas volvieron a su vieja pobreza, pero ahora sin bosques.
El Diario

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