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Hay más de 250 pandillas delictivas en La Paz y El Alto

13 de Septiembre de 2009, 09:58

La Paz - Bolivia.- La formación de cofradías de jóvenes, e incluso de niños, que cometen actos reñidos con la ley es un problema recurrente en Bolivia. Se calcula que hay más de 850 en las ciudades paceña y alteña; aunque los registros oficiales señalan que sólo más de 250. Éstas merodean por una veintena de zonas en las que siembran temor y, sobre todo, delincuencia


Viernes 14 de agosto. Alto Lima. David Callisaya Mamani sale de su hogar dispuesto a enfrentar al frío alteño en compañía de sus dos hijos menores y de su sobrino. Todos caminan para esperar a un familiar que llegará de su fuente laboral, acompañarlo y asegurarse de que no le pase nada. Falta casi una hora para la medianoche.


Al llegar a la calle Sucre se abren las puertas de un bar. Salen tres jovenzuelos. Son integrantes de la pandilla Clickers CK. Piden dinero a los Callisaya. La familia se resiste, se enfrenta a ellos y logra ventaja hasta que uno de los malentretenidos emite un silbido. Segundos después, aparecen otros cinco. A los Callisaya no les queda otra que escapar y pedir auxilio.


Los Clickers CK son conocidos en este barrio por sus actos delictivos y sus abusos a los vecinos. David permite que sus hijos escapen. Corre tras ellos, pero infortunadamente tropieza. Cae. Los pandilleros lo rodean. Sobre el cuerpo del padre se estrellan puñetes y patadas, y dos puñaladas que hieren su cabeza y su pecho. Los delincuentes huyen. La vida de David se va minutos después, en la estrechez de una ambulancia.


La formación de cofradías delictivas de jóvenes e incluso de niños, de entre 12 y 18 años principalmente, es un problema recurrente en Bolivia. Se calcula que hay más de 850 pandillas en las urbes de La Paz y El Alto, aunque los registros oficiales señalan que sólo más de 250 están relacionadas con contravenciones a la ley. Éstas merodean por una veintena de zonas en las que siembran temor y delincuencia.


Las pandillas, definidas en el diccionario como “grupos de amigos que suelen reunirse, para conversar o solazarse o con fines menos lícitos”, están adoptando en el país características similares a las centroamericanas, las violentas maras. Profesionales, policías, vecinos y autoridades coinciden en que éstas nacen fruto de la desestructuración de la familia, el fracaso escolar y la influencia de películas extranjeras.


La responsable de Juventudes de la Dirección de Niñez, Juventudes y Personas Mayores, María Elena Castro Camacho, dice que las pandillas son el obvio resultado de una sociedad y un entorno familiar disfuncionales, de carencia de medios de educación, subsistencia, trabajo, o de falta de amor. Aunque la mayoría surge en segmentos empobrecidos, estos grupos se engrosan con jóvenes de todas las clases sociales.


Su proliferación ha puesto en alerta a la institución “verde olivo”, más aún porque uno de sus recientes estudios sentencia que cerca del 80 por ciento de los casos que son atendidos y se denuncian a sus reparticiones están relacionados con pandillas, que uno de cada cuatro jóvenes detenidos es reincidente y que 70 por ciento de ellos son menores de 18 años.


Los clickers ck son sólo un lunar


Tras el asesinato de David Callisaya, los vecinos de Alto Lima revelaron el pánico en el que vivían por la presencia de los Clickers CK, ocho de los cuales fueron detenidos aquella noche de luto. Tres de ellos tienen 18 años, uno 16 y el resto 15. Dentro de este último rango de edad se halla Miguel Ángel Q.P., quien fue hallado con un arma blanca. Tras ser identificado como el cabecilla de la banda, confesó ser el autor de las heridas mortales. El caso es manejado por el Ministerio Público y ha repuesto en el tapete de la discusión el nexo íntimo entre pandillas e inseguridad.


En El Alto, el sociólogo Juan Jhonny Mollericona Pajarito sospecha que hay unas 500 pandillas conformadas con distintos fines, entre grupos de estudio, de baile, de tertulias y delitos. Al respecto, el director alteño de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen, coronel Ramiro Cossío, afirma que en lo que va de este año poco más de una veintena fue relacionada con actos reñidos con la ley. “Hemos hecho una revisión de nuestros antecedentes, posiblemente algunas agrupaciones estén actuando clandestinamente, pero las que tenemos oficialmente operando son 23”.


Para el presidente de la Federación de Juntas Vecinales de El Alto, Rubén Mendoza Alcón, estas pandillas juveniles sientan presencia en la mayoría de los 510 barrios de esa urbe. Y según las denuncias recolectadas de los vecinos, se trata de grupos de diez hasta 150 miembros, con un jefe que impone las acciones a los de menor edad. Con frecuencia roban en grupo y buscan personas débiles para arrebatarles sus objetos de valor. “Aquí siempre hay aniversarios, fiestas, los mayores van a brindar y a ellos los atacan. Igual son sus víctimas los que vienen de las provincias. Por ejemplo, llega un campesino, trae sus productos, los vende, junta su platita y lo asaltan”.


Mollericona, quien escribió una tesis sobre este fenómeno en El Alto, explica que los pandilleros de esa ciudad generalmente son de familias inmigrantes de áreas rurales que sufrieron discriminación, maltratos, en las que el machismo es evidente por la violencia intrafamiliar y donde, por las exigencias económicas, ambos padres salen muy temprano de sus hogares y vuelven a altas horas de la noche, se dedican sobre todo al comercio, dejando a sus hijos sin control.


Estos factores, continúa el sociólogo, son comunes entre los adolescentes que forman grupos similares en los barrios de la urbe paceña, hasta en la exclusiva zona Sur, porque en esa “edad crítica” los jóvenes pretenden identificarse, buscan un “autoconcepto de sí mismos” y se unen para compartir. Así evolucionan las pandillas. La primera fase de éstas sucede, normalmente, en las escuelas y colegios, donde sus futuros afiliados se conocen, estudian, hacen trabajos prácticos y así germina un lazo de amistad.


Con el tiempo, los muchachos se dan cuenta de que el grupo les otorga poder y confianza, por lo cual desafían a otros de su edad, pelean, porque saben que tienen el apoyo de sus compañeros. ¿Y de dónde aprenden esta violencia? Por ejemplo, en su entrevista a decenas de chicos y chicas de pandillas alteñas, Mollericona halló que 99 por ciento había visto la película Sangre por sangre, que describe a una pandilla de mexicanos en Los Ángeles, su organización, sus pleitos, sus ritos y su carácter delictivo. “Eso lo replican en diversas situaciones, en sus códigos lingüísticos, pautas de conducta, formas organizativas”.


En esta segunda etapa es cuando las pandillas se consolidan. Hay una identidad, un reconocimiento, se bautizan con un nombre, la mayoría en inglés, así como otros usados en filmes extranjeros. Igual asumen modismos y palabras que integran el argot de las maras, y hasta hay un “mero mero” como líder, carismático o imponente, muchas veces con antecedentes policiales y hasta penales. Aquí, la agrupación horizontal donde todos compartían y proponían da un giro trascendental y adopta una estructura vertical, con alguien que manda y otros que sólo obedecen.


Ya sólida, la pandilla impone ritos de iniciación, actividades de sus integrantes y, probablemente, el paso a la tercera fase, que es la delincuencia constante, en la que el jefe define la administración del dinero logrado en los “golpes”, de los objetos sustraídos, la delimitación del territorio en que opera su cuadrilla. Sin embargo, en este proceso pueden suceder algunos eventos que alejan a un adolescente de este círculo, como el ingreso a la universidad, el servicio militar, un trabajo o el traslado de vivienda.


De las zonas “rojas” frecuentadas por pandillas delictivas e identificadas por la Policía alteña se destacan la Ceja, Río Seco, Alto Lima, Ballivián, 12 de Octubre, Villa Adela, Senkata, las inmediaciones de la Universidad Pública de El Alto. El dirigente Mendoza subraya que los pandilleros no distinguen barrios para sus fechorías. “En la Ceja hay más personas, más movilidades, más comercio, entonces la gente viene de compras y eso saben bien estas bandas”. Y sobre todo se abalanzan contra los borrachos, les quitan sus pertenencias, especialmente celulares.


Los “dueños” de los barrios


De acuerdo con los estudios de Mollericona, estos grupos están formados por menores desde los 12 años hasta por encima de los 20. Sin embargo, los infantes no desechan su participación. Por ejemplo, “en la Ceja son esencialmente pandillas de niños las que asaltan y usan el modus operandi de las pirañas. Vienen entre cuatro y cinco, unos te agarran y los otros te sacan lo que tienes. Esto pasa cuando la gente espera minibús, a las señoras les quitan sus mantas…”.


En criterio del sociólogo, las agrupaciones alteñas ya han copiado los rasgos de una típica mara centroamericana. Mientras, agentes “verde olivo” de esa urbe nombran a las siguientes pandillas “de cuidado”: Alcazan, Barrio Boys, Two Man’s, Cartel Central, Chicanos, Cholos Latinos, Creysi Sexy, D2+K2, La Gran BU, Almas Negras, Gansters, Mareas, Hijos de la Calle, Patitos Locos, Lagartos, Ninjas, La Onda, Lady New Kids y Ángeles del Infierno; estas dos últimas, de mujeres. Y lógicamente en la nómina están los Clickers CK.


Para su desenvolvimiento, los miembros de las pandillas imponen y acatan acuerdos intergrupales, como el actuar en una determinada zona y no en otra donde tengan “competencia”, a no ser que se vaya a ella en busca de conflictos. Es que la “territorialidad” es una particularidad esencial de estas cuadrillas. El responsable de Proyectos Preventivos del Viceministerio de Seguridad Ciudadana, Sergio Ibáñez Salinas, explica que los integrantes de éstas se dedican a la creación de “espacios” o de “territorios de dominio”.


“Dominan un lugar, lo conocen, saben cuáles son los comercios, la gente que pasa por ahí, configuran un mapa sobre la relación social en su área y, sobre eso, estructuran las formas de obtener dinero para comprar drogas, alcohol o para satisfacer ciertas necesidades de la pandilla, como ropa o tatuajes”. Muchos de los pandilleros demarcan estos “predios” colgando zapatos en cables eléctricos de las esquinas, pintando graffiti o agrediendo a los que invaden “su espacio”.


Mendoza, el dirigente vecinal, añade que los integrantes de estas cofradías delictivas en El Alto, generalmente no actúan en el barrio en el que se hallan sus domicilios porque serían fácilmente reconocidos. “Inclusive intercambian: el pandillero es de esta zona pero hace sus cosas en otra, para que no lo atrapen. Entonces saben cómo, cuándo y dónde actuar”. Incluso recientemente se ha identificado a “cogoteros de a pie” con jóvenes que atacan a transeúntes en estado de embriaguez y que provocan riñas para reducirlos.


Por el cuidado de esta “territorialidad”, dice el coronel Cossío, se libran enfrentamientos entre pandillas. Peleas y amenazas que pueden derivar en homicidios. Y esto origina otro “fenómeno”, una especie de “propiedad” sobre las mujeres. “Tienen determinado grupo de niñas cautivas que son de su ‘propiedad’ y huay que pertenezcan a otra agrupación o que otro muchacho, aunque no tenga pandilla, vaya a visitar a una de ellas, porque inmediatamente los ‘propietarios’ aparecen, se avisan y le dan un escarmiento al extraño. A esas mujeres no hay que acercarse, a esa zona no hay que ingresar, es una actitud fuera de lo común, pero se dan esos casos”. Para Ibáñez, hay un nuevo rasgo relacionado con la “territorialidad” de estas cuadrillas. El funcionario gubernamental revela que en la ciudad de Santa Cruz, en los últimos meses, se ha descubierto una alianza entre pandillas que se dedican a actividades fuera de las normas. Esto ampliaría su espacio de acción. “Es posible que esté sucediendo en La Paz, que se estén creando redes de pandillas”. Lo que pasa en la sede del Gobierno es igual de preocupante que lo de El Alto.


Las maras de la urbe paceña


Ibáñez afirma que en la urbe paceña existen 228 bandas juveniles involucradas en faltas o delitos, según los datos proporcionados por la Policía. A diferencia de sus pares alteñas, aquéllas se hallan formadas por no más de una treintena de integrantes. Sin embargo, el comandante de la Patrulla de Auxilio y Cooperación Ciudadana de La Paz, coronel Jorge Yackovic, asegura que en su patrullaje diario los efectivos de su guarnición contaron entre 300 y 350 pandillas que destacan por sus nombres en inglés, su vestimenta particular con pantalones anchos, gorras o tatuajes y, recientemente, por el uso de vinchas o cinturones.


Las características sociales de los pandilleros paceños son similares a las de sus homólogos alteños, en especial en las áreas periféricas donde rigen la pobreza y la necesidad de los padres de trabajar y dejar abandonados a sus hijos. Es que la desestructuración familiar, dice Mollericona, atañe a todos los estratos. Estas cofradías delictivas atormentan con su presencia, de acuerdo con información policial, más drásticamente en los barrios de la Buenos Aires, 14 de Septiembre, Pérez Velasco, Villa Victoria, Achachicala y Gran Poder, sin tomar en cuenta a los lugares “rojos” de la zona Sur, objeto de análisis del siguiente subtítulo.


Los nombres más recordados por policías, vecinos y autoridades son, por ejemplo, La Raza, Lado Oeste, Locos, Las Tortugas, Locos Latinos, Mara Black, Mara White, Mara King’s, Mara Villa, Marqueses, Matadores, New Kids, Nueva Orden, QPTI, My Family, Latin King, Zombis, TDCO, Timi2 y Warner Bross, que pueden tener sus versiones “locales” en la ciudad alteña.


Mollericona sostiene que algunos de los denominativos de esta lista demuestran que las maras también son emuladas en muchachos paceños: están en inglés y tratan de infundir temor. Pero estas copias no terminan ahí. Lo más lamentable, expone el sociólogo, es que con el tiempo se nota incluso una “degradación humana”, ya que pareciera que, para estos jóvenes que se hunden en la delincuencia, la vida de un ser humano ya no vale nada.


“A partir de esa insensibilidad humana adquieren el delito como profesión. Primero las pandillas se empiezan a golpear a puño limpio, son peleadores; después con armas (blancas o de impacto) y al final con armas de fuego. Existe una completa insensibilización respecto del dolor. Esta degradación humana se consolida desde una violencia pasiva a una bien activa, como expresa la gente: ya la vida no vale diez bolivianos o a mi hijo me lo han matado por un celular”.


Entre los pandilleros se practican ritos internos que, muchas veces, atañen al alcohol y las drogas. El coronel Cossío señala que, por ejemplo, los chicos y chicas de estos grupos “siempre” ingieren bebidas alcohólicas, tienen procedimientos particulares para salir a la calle, y la persona que quiere enrolarse en sus filas tiene que hacer algo que la destaque, generalmente cometer un delito, con lo cual demuestre que es digna de pertenecer a esos “círculos de amigos”.


Un dato alarmante es que, coincidentemente en El Alto y La Paz, las violaciones a mujeres de estas agrupaciones o las que pretenden ser parte de ellas se han convertido en una acción común. Ibáñez devela que se ha advertido que, con mayor frecuencia, “una parte de los ritos (de iniciación) son las violaciones colectivas, el consumo excesivo de drogas y alcohol y las peleas”. Estos rituales, según Mollericona, fueron “importados” de las maras centroamericanas.


El “derecho de inscripción” a estas pandillas involucran excesos y, comenta el coronel Cossío, incluso se puede dar que el reto implique el asesinato de una persona bajo la apariencia de un atraco, lo cual no solamente puede ser llevado a cabo por los aspirantes a ser parte de una banda, sino por los jefes. “Cuando vemos un caso (de éstos), tal vez la idea no era robar en sí, sino matar a la víctima como parte de un rito, para mostrar su estatus (de líder)”.


Este ambiente exige que los jóvenes consigan diferentes tipos de armas para su defensa y su ataque: palos, bates de béisbol, cadenas, nunchacos, manoplas, armas blancas y de fuego; instrumentos que, plantea la Policía, últimamente son hallados con más frecuencia entre los pandilleros paceños y alteños. “Hay un cabecilla y hay que cumplir para ser aceptado. Es una estructura donde hay una jerarquía, con el mero mero, como ya le dicen acá al líder. Es una copia de las pandillas extranjeras”, reafirma Mollericona.


Ibáñez añade que esta “copia” sucede porque la situación económica y social de Bolivia y la de los países centroamericanos tiene puntos de coincidencia. “En Centroamérica, todos los padres después de la postguerra o habían muerto o se fueron a Estados Unidos para buscar mayores oportunidades, entonces dejaron sola a esa generación que recibió muchas cosas de Estados Unidos pero se crió sola”. En territorio boliviano, por otra parte, declara el funcionario, los progenitores están ocupados en conseguir dinero para la olla diaria, hay más divorcios y emigración laboral al extranjero.


Y hay otro punto que preocupa a las autoridades: la mayor presencia femenina en estas pandillas. Ibáñez informa que 30 por ciento de los miembros son mujeres, que cumplen roles determinados en el proceder delictivo de estos grupos, como el cuidado y la venta de los objetos robados, según el coronel Yackovic. El coronel Cossío complementa que hay casos en que las chicas incitan a la violencia y hasta muestran más agresividad que los varones. Y Mollericona acota que en estos grupos “la mujer es un complemento, porque hay joda, baile, farra, sexo, y ellas son componentes que se relacionan, es una dinámica”.


Todo esto fue tomado en cuenta al momento de analizar los factores que inciden en la delincuencia a escala nacional, donde las pandillas son una de las aristas del problema; sin embargo no se cuenta con un proyecto específico para lidiar con su proliferación y la delincuencia que emana de ellas. En el Plan Nacional de Seguridad Ciudadana “Bolivia segura para vivir bien” se manifiesta que, para reducir el ejercicio de la violencia y la criminalidad, “la base fundamental es velar por el ejercicio de los derechos humanos y ciudadanos desde un enfoque más preventivo que represivo” y asume como pilares de la propuesta a la información, la prevención, el control y la sanción.


Su aplicación está pensada entre los años 2008 y 2012. Ibáñez explica que se comenzó el trabajo informativo y preventivo en centros educativos, con campañas. “Hemos iniciado lo que es el plan productivo comunicacional. Se ha trabajado con colegios en La Paz, El Alto, Viacha, en Oruro y otras ciudades, con proyectos de capacitación a jóvenes y niños, en el conocimiento de lo que son las drogas, el alcohol, las pandillas, la violencia intrafamiliar y el maltrato”.


No obstante, agrega que se espera la promulgación del nuevo Código de Procedimiento Penal para la imposición de sanciones para los menores de edad y programas de reinserción social juvenil, que actualmente no existen. Al respecto, Mollericona se queja porque hay muchachos en las cárceles que “conviven con otros delincuentes. No hay una política de rehabilitación de parte del Estado”.


En los últimos meses se anunció la apertura de las granjas de Miguillas, en el norte paceño, y de los Espejos, en Santa Cruz, para sopesar esta falencia. Lo que se busca con estos lugares, especifica Ibáñez, es que sean dirigidos por instituciones que velen por los derechos humanos de los detenidos, como el Defensor del Pueblo, para evitar los abusos del pasado en dichos centros y así se lleve adelante una verdadera labor de rehabilitación de los jóvenes infractores.


El Código Niño, Niña y Adolescente expresa que los menores de 18 años que cometen delitos deben ser procesados por un juez de Niñez y Adolescencia. Si son hallados culpables, deben cumplir sus sentencias en hogares especiales hasta los 18 años y ser transferidos a una penitenciaría común para terminar su condena. La orden no ha sido cumplida y el Ministerio de Gobierno pretende subsanar la omisión a la brevedad posible


La responsable de Juventudes de la Dirección de Niñez, Juventudes y Personas Mayores, María Castro Camacho, adiciona que este problema será plasmado en un proyecto relacionado con “los jóvenes y los conflictos con la ley”, que se trabaja transversalmente con los ministerios de Educación, de Salud, de Trabajo y de Gobierno. La idea es eliminar el trato inhumano que reciben los muchachos al pasar por prisiones preventivas o cárceles comunes, donde son maltratados y no existe un sistema de reinserción social. “Tendrían que salir (de la prisión) y hacer una vida normal para no ser estigmatizados como delincuentes, pandilleros o alguien disfuncional a la sociedad”.


El asedio está también en la zona sur


En la década de 1990 y principios de la actual, los llamados “hijitos de papá” de la zona Sur paceña ocasionaron graves accidentes automovilísticos, con muertes incluidas. Hoy la Policía continúa recibiendo denuncias sobre pandillas que organizan las famosas carreras callejeras conocidas como “cuarto de milla”. Aparte, las áreas periféricas han visto nacer agrupaciones juveniles delictivas, especialmente en barrios nuevos y pobres con alto índice de inmigrantes del campo o del interior del país.


La institución del orden ha identificado la presencia de unas ocho bandas de este tipo que generan dolores de cabeza constantes a los vecinos. Pero se estima que el número total asciende a 20 si se toma en cuenta a las clandestinas y a otras agrupaciones de adolescentes que se dedican al baile, los debates culturales, aunque son más los que se reúnen para ingerir bebidas alcohólicas y cometer actividades ilícitas.


El coronel Rómulo Cáceres Betancourt, comandante regional de la zona Sur, explica que existen 110 barrios en toda su jurisdicción, de los cuales se han marcado como peligrosos, por la presencia de estas cofradías, a Achumani, Irpavi II, Chasquipampa, Bella Vista, las calles circundantes a la 21 de San Miguel y el sector Las Cholas. “Existen pandillas que se van haciendo mayores, no sólo cometen faltas y contravenciones policiales, sino también delitos”.


El responsable de Seguridad Ciudadana de la Subalcaldía, Jorge Alípaz Parada, arguye que estos grupos son los principales causantes de los temores de los habitantes sureños “porque andan a altas horas de la noche y nadie puede transitar las calles. La gente es atracada por estas pandillas organizadas que en su mayoría consumen alcohol en vía pública, incluso hay violaciones. Ése es el nivel de inseguridad que provocan”.


Según Pedro Quiroz, dirigente vecinal de Los Pinos, las que tienen como “territorio” a Chasquipampa y la calle 21 de San Miguel son las más problemáticos, con jóvenes de “buena posición social” que protagonizan peleas y desafíos entre bandas, incluidas carreras de autos. Cáceres informa que para ello buscan lugares sin presencia policial y ponen en riesgo la vida de otros conductores que circulan por las vías. Lo que igual es una “prueba de valor” para que los “postulantes” sean aceptados en estas agrupaciones.


Cáceres complementa que, en ocasiones, cuando vecinos de la Costanera o la Kantutani llaman para denunciar el inicio de estos desafíos, los policías van al sitio pero no encuentran a nadie. Y los pocos competidores que son detenidos son liberados tras ocho horas en las celdas; aparte que las peleas por borracheras son derivadas a la oficina de Conciliación Ciudadana.


De acuerdo con José Larrea Mollinedo, guardia municipal de la zona Sur, el intento de intervenir cuando estos pandilleros beben es arriesgado y se lo hace los fines de semana en operativos junto con la Policía. “Están mareados, nos agreden verbalmente y físicamente”. Recuerda que una ocasión lanzaron una botella a uno de sus compañeros y le rompieron la cabeza.


El sociólogo Mollericona opina que la permanencia en una pandilla tiene estrecha relación con las actividades de sus miembros. Es que si no tienen nada que hacer, se dedican de lleno a su grupo. “Los pandilleros no tienen una profesión, ni trabajo y como hallan una forma de sobrevivir de manera marginal con ciertos delitos para costear sus drogas, alcohol, los grupos juveniles se ven insertos en el ámbito del crimen organizado, donde ya matan, planifican. Es una verdadera organización, con una estructura”.


El comandante de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen de la zona Sur, coronel Mario Aguilar Loza, nombra que las transgresiones más frecuentes implementadas por los pandilleros sureños son las que atentan contra la propiedad, como allanamientos, robos en vía pública, especialmente de carteras a mujeres que caminan desprevenidas; y muchas veces las fechorías son cometidas por jovenzuelos que viajan en vehículos o en motocicletas.


Las fuentes consultadas dicen que es común que los involucrados realicen sus “golpes” sólo para financiar sus vicios de drogas, alcohol y cigarrillos, y sobre todo para demostrar su rebeldía y hasta como un acto placentero. Ibáñez, del Viceministerio de Seguridad Ciudadana, recuerda por ejemplo que hace unos meses un muchacho de una familia pudiente que fue detenido por asaltar una tienda en esta zona, aseveró que transgredía la ley sólo porque era “excitante”.


El viernes 14 de agosto, en Alto Lima, los miembros de los Clickers Ck recurrieron a la violencia extrema para continuar su farra y victimaron a David Callisaya. Una patrulla que merodeaba por el sitio recibió la notificación del crimen y detuvo a ocho sospechosos. Días después, Miguel Ángel Q.P. se autoinculpó del hecho y los demás salieron libres. Los familiares de David lloran por justicia, mientras que el coronel Cossío manifestó hace poco que uno de los liberados haría participado en otros hechos delictivos, entre ellos un atraco en el barrio, por lo cual está prófugo. Así gira el mundo delictivo de las pandillas.


La violencia de las maras centroamericanas


Mara es el término con el que se conoce a las pandillas juveniles en Centroamérica y México. De acuerdo con los datos de la enciclopedia virtual Wikipedia, su origen tiene relación con las batallas entre inmigrantes salvadoreños y mexicanos en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos. Luego este fenómeno creció con el retorno a Centroamérica de enormes cantidades de emigrantes deportados, especialmente a El Salvador, por delincuencia desde México y Estados Unidos, donde aprendieron y vivieron en condiciones de marginalidad, violencia y supervivencia. Es así como la situación se tornó más preocupante con el “reclutamiento” de jóvenes de sectores sociales marginados de los países centroamericanos, conformando una amenaza social por la violencia con la que actúan, hacia afuera y hacia adentro de estas bandas.


Posteriormente, las maras se extendieron a Guatemala y Honduras. De hecho, en este último la situación de delincuencia y violencia que gira alrededor de estas cofradías delictivas ha subido a índices más altos que en El Salvador. Con el retorno cada vez más frecuente de jóvenes a territorio hondureño, este drama social se hizo no sólo nacional, también regional, y se agravó más a partir de la introducción de drogas de amplio consumo, como el crack, marihuana, pegamento para zapatos o inhalantes, heroína y otras, las que son comercializadas y consumidas por estas cuadrillas de pandilleros presentes en ese Estado.


El crecimiento de las maras tuvo como contraparte el aumento de las remesas que envían los centroamericanos que viven en el exterior, que a la fecha se ha convertido en el principal flujo económico que sostiene las economías locales y la delincuencia, desplazando los productos de exportación hondureños. La fuente de ingreso actual de las maras son las extorsiones a sectores de la población que tienen un nivel de vida aceptable. Éstas son obligatorias y no hay negociaciones razonables, ya que las consecuencias son atroces. En el origen del fenómeno, básicamente se formaron dos grandes pandillas en Los Ángeles, enemigas a muerte: la Mara Salvatrucha Trece y la Calle 18, cada una, por las calles donde se originaron, la 13 y la 18.


“Cada vez hay más mujeres en las pandillas”


El responsable de Proyectos Preventivos del Viceministerio de Seguridad Ciudadana, Sergio Ibáñez Salinas, explica las bases del Plan de Seguridad Nacional, el cual toma en cuenta la problemática de las pandillas juveniles, pero no con un acápite específico para “atacarlas”.


—¿Qué opina del tema de las pandillas?


—Consideramos que es un problema grave que se está extendiendo. En Santa Cruz el número de estas agrupaciones es un poco mayor que el de La Paz (228), y están creando redes.


—¿Qué características tienen?


—Los jóvenes tienden a hacer agrupaciones de este tipo con chicos de 15 años para adelante, pero hay unas que tienen niños desde los 12. La mayor parte de los integrantes son varones, pero cada vez hay más mujeres. Incluso hay pandillas netamente de mujeres.


—¿Cómo se originan estos grupos?


—Son varios factores. Creo que hay una crisis familiar de valores, también hay factores eternos, como la falta de empleo, de oportunidades laborales y académicas para los jóvenes. El hecho mismo de la migración, muchos padres se van al extranjero y dejan a sus hijos solos, o al cuidado de otros parientes o de sus abuelos. Los chicos necesitan siempre un referente. La familia es donde nos inculcan valores, a quién contar los problemas, los aciertos, si algo está bien o mal, los primeros enamoramientos. Si los adolescentes no tienen el espacio en la casa, buscan a los amigos.


—¿Cuáles son los planes contra esto?


—El plan tiene varias características. Una que se ha construido con sectores vulnerables de la sociedad, como mujeres víctimas de violencia, niños, personas con discapacidad, la Policía. Ha sido una construcción colectiva y dentro de las áreas de acción se trabaja justamente todo un proceso educativo, preventivo y comunicacional. Si bien nosotros somos un ente que hace normativas, también desarrollamos proyectos piloto que son transferidos, de alguna manera, a gobiernos municipales, prefecturas. Se ha trabajado con colegios en La Paz, El Alto y Viacha, desarrollando campañas para jóvenes y niños, principalmente de primaria y secundaria, sobre lo que es el conocimiento de lo que son las drogas, el alcohol, las pandillas, la violencia familiar, el maltrato y hacer un análisis para ver si hay estos problemas en sus vidas.


FOTOS • Javier Paz y Alejandro Álvarez
La Prensa

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